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Mi primera vez fue a los 10

Crónica escrita en 2013. – Nunca he aparecido en las cifras que han publicado los medios comunicación por el delito de robo, pues por mi cabeza, denunciar el caso no es una opción, debido a que familiares y amigos, me han dicho que hacerlo es buscarme la soga al cuello. Por tal motivo, prefiero pasar mi susto, mi molestia y mi tristeza, comentándole a mi mamá cómo pasó todo y luego a cada uno de mis familiares y amigos a medida de que se enteran y me preguntan.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, la impunidad es una falta de castigo y expertos como Roberto Briceño León, presidente del Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV), destacan que es una realidad que nos afecta a todos y hace felices a los delincuentes. Por ello, mi miedo de denunciar, de hacer público que aquel chamo me robó.

“Es mejor hacerse el loco, recuperar lo que te quitaron y no que malandro se entere y se vengue”, me repetían mis allegados con regularidad cuando me robaban.

Fue imposible contener el llanto

Desde chamo fui víctima del robo. Mi primera vez fue a los 10 años y lo más complicado de la situación delictiva es que no sé cuándo será la última vez y cómo terminará ese susto que me paraliza, me deja en blanco, me hace sentir como el único humano en la cuadra donde se efectúa el delito o como un superhéroe que tiene poderes de invisibilidad, porque cuando eso me pasa, las personas de mi entorno simplemente no miran y quien me conoce y observa el suceso, hacen como si no hubiesen visto nada alarmante.

Luego, esas mismas personas que me conocen y me vieron entre la espada y la pared, son expertos para mostrarse preocupados y con ganas de ayudar. El guión ya está escrito, lo que hacen es repetirlo. “¿Cómo estás?, ¿qué te robaron? (…) Yo te quería ayudar, pero… Menos mal no pasó a mayores”.

Esa vez me habían arrancado de las manos una cámara Kodak de rollo que me habían regalado el día anterior, con fotografías de una fiesta que realicé en mi casa con mis amigos del sector. También me jalaron un reloj que lucía como si hubiese sido el último Rolex de la temporada de ese año.

No entiendo cómo en aquel entonces caminaba como si estuviera en un país de primer mundo, por la calle Juncal de Barcelona, con la cámara en la mano y no en un bolso o en un lugar donde no se viera mucho. Tampoco entiendo cómo ese momento no causó un daño psicológico en mí.

Me agarraron por los brazos, mi prima y una amiga con quienes estaba, seguían caminando, no se habían dado cuenta que me habían agarrado. Quería gritar, pero un indigente, quien efectuaba el robo, me tenía la boca tapada con sus asquerosas manos. El tipo había salido del río, tenía un aspecto descuidado, como si no se hubiese bañado por días, teniendo tan cerca un lugar donde mínimo una enjuagada pudo haber hecho.

Sentí que llegarían a la tienda para revelar las fotos y aún no se darían cuenta de que faltaba yo con la cámara. Sin embargo, una de ellas reaccionó y por instinto volteó, llamó a la otra, pero no hicieron nada. Se quedaron paralizadas, mientras el tipo me jalaba la cámara y el reloj. Luego de ese momento, no recuerdo qué se hizo ni para dónde agarró.

La lloradera fue larga y el único consuelo fue que me calmara, que luego me comprarían otra cámara y un reloj, pero que todo estaba bien.

Dos años después, ocurrió algo peor. Tras haber muerto mi bisabuela, a causa de un deterioro en su salud que terminó con un ACV, me robaron algo más importante que una cámara, un teléfono o dinero.

Pasada una semana, luego del velorio, funeral y rezos en la iglesia Lourdes de Barcelona, en mi casa, en la parte de la sala, cerca de su cuarto, colocaron una especie de altar. Claveles blancos en su mayoría y un par de velas fueron puestas por sus hijas para que “su alma” se fuera en paz.

Los días pasaron y uno de sus hijos quien vive en Valencia, tenía que regresar a su rutina, pero antes decidió despedirse de su madre y fue al cementerio municipal de Barcelona donde fueron sepultados sus restos. Al regresa para subir sus maletas y arrancar hacía su casa, estacionó su carro, modelo Bronco, de color blanco con vinotinto al frente de mi casa, pero él no vino solo.

“Mentira fresca” como es mejor conocido el valenciano, llegó con un par de invitados que no esperábamos y que nadie espera en sus casas. Dos delincuentes con armas cargadas, drogados hasta las metras, entraron bruscamente hasta el porche pidiendo la llave de la camioneta.

Mis papás y yo dormíamos. Era domingo, así que las obligaciones estaban para después de las 11:00 a.m. Sin embargo, el ruido y los gritos nos despertaron de inmediato cuando los tipos entraron. Mi papá fue el primero en alarmarse, pero los tres nos quedamos en el cuarto resguardados, pues en aquel momento dormíamos en el mismo dormitorio, pero en camas diferentes.

“¡Coño, dame las llaves”, gritó el tipo más alzado, pero el tío es muy echón y su orgullo le impedía darle lo que los malandros le estaban pidiendo.

Mientras que en el cuarto seguíamos asustados, queriendo salir y de la nada hacer que los delincuentes se marcharan sin entregar la llave. Mi tío llegó hasta la sala, justo donde estaba ese altar de flores que reflejaban de manera explícita las caras tristes y alargadas de las que estaban en casa y que tanto se quejaban porque su hermano no entregaba la llave de una vez.

Mi abuela, me contó que los malandros se pusieron blancos al ver el altar y tragaron grueso, dieron un paso atrás, como para irse, pero mentira fresca, como si nada, entregó la llave de su carro. Todos indicaron que quizá, la bisabuela actuó y le puso la mano floja a su hijo para que la situación no llegara a mayores y sucediera un incidente con color a sangre.

Ese día, después de que los choros se fueron con la Bronco,  los vecinos se convirtieron en periodistas especializados en la fuente de sucesos, cayendo a preguntas a mis familiares en la puerta de la casa.

Ese día me robaron la tranquilidad y la paciencia. No era justo seguir soportando robos, desde aquella vez en el 2003 hasta en el colegio, cuando de repente desaparecían mis útiles escolares.

A partir de ese momento se convirtió en ley, para todos en mi casa, salir a la calle como un ventilador, pero por lo menos yo lo olvidé y tuve más robos por contar.

Este otro ocurrió en el 2010, cuando unos chamos con cara de tener mi misma edad me quitaron un BlackBerry, modelo Javelin 8900. Ese aparato que tanto quería y que me permitía comunicarme por PIN, redes sociales con quienes quería y ni hablar de las fotografías de momentos de fiestas y reuniones con los amigos que nunca pude recuperar.

Estaba cerca del colegio Nueva Barcelona. Eran tres chamos, vestidos de uniforme de bachillerato. Franela beige y pantalón de gabardina. Como si fuese un encuentro casual, se acercaron a mí, me arrinconaron en una esquina y ahí comenzó otra historia que tampoco fue denunciada.

“Dame el teléfono carajito”, me dijo uno mientras que los otros dos estaban vigilando que nadie dañara su plan de quitarme el celular.

Intenté hacerme el loco, como si no tuviese el aparato que me estaban pidiendo, pero fue imposible. Ya me habían visto con el teléfono en las manos mientras le avisaba a una amiga que estaba cerca de su colegio, para que saliera y pudiéramos vernos.

“Sácalo rápido o te damos uno”, dijo el otro con desesperación por tardar en dar el Javelin. Antes de sacarlo del bolsillo del mono que traía puesto, las personas que pasaban y me veían entre esos chamos, no mostraron mayor importancia. No se preocuparon por mí, no llamaron a un policía, no se acercaron al lugar para ayudar a un chamito que estaba siendo robado por otros tres.

Hasta la fecha no he vuelto a pasar por ahí y siempre le recomiendo a mis familiares y amigos que tampoco lo hagan.

El año pasado, fue el segundo robo de celular, otro BlackBerry, pero este era modelo Gemini 8520. Lo peor del caso es que fue ejerciendo el oficio de mi carrera, el periodismo. Estaba en la fuente de sucesos del diario Metropolitano, el cual tiene más de 25 años circulando en la zona norte, sur y oeste del estado Anzoátegui y después de haber pasado uno de los mejores almuerzos profesionales, me lo arrebataron.

Antes del encontronazo, el alcalde de Guanta, Jhonnathan Marín, me había invitado a mí y a un grupo de periodistas de diferentes medios a recibir un reconocimiento por el Día del Periodista en el Moroco, ubicado en Lechería. Me llamaron por “Licenciado, Kevin Gutiérrez”, para la entrega de un diploma, tipo pergamino por mi labor periodística. Aquel momento fue emocionante y la satisfacción fue tremenda tomando en cuenta que aún siendo estudiante fui considerado entre otros que ya están consagrados en la carrera. Así que después de comer y tomar un par de tragos whisky, volvió lo que me tocaba hacer y era buscar un buen caso para el día siguiente.

Esa foto fue tomada antes de que subieran los motorizados al hospital Razetti
Esa foto fue tomada antes de que subieran los motorizados al hospital Razetti

El caso llegó enseguida. Habían matado a un presunto delincuente en el sector Pele El Ojo y estaban acusando a varios funcionarios de la Policía Bolivariana (PNB) de su muerte. Así que ese era el abre del día siguiente. El hecho transcurrió en el hospital Luis Razetti de Barcelona. El ambiente se caldeó y las autoridades anunciaron a los familiares de los pacientes que estaban afuera, entrar a las instalaciones del nosocomio pues tenían conocimiento de que los amigos y familiares del occiso llegarían a pedir justicia por su amigo en los alrededores de la morgue.

Todos corrieron, gritaron. Mis compañeros de la fuente de sucesos, Eleida Briceño de El Tiempo y Franklin Rockefeller de Nueva Prensa, nos quedamos a la expectativa. Los fotógrafos tenían sus cámaras listas para el momento y de repente llegaron más de 35 motorizados. Los funcionarios actuaron, sacaron sus armas, los detuvieron antes de subir al hospital. No querían que llegaran a la morgue, pero lo hicieron.

Yo me creí un documentalista. Saqué mi teléfono y comencé a grabar aquello que pensé que me subiría 500 seguidores en Twitter el mismo día que lo publicara. También imaginé que me llamarían de CNN por tan inminente hecho para contarlo en “Conclusiones” con Fernando del Rincón.

Seguí grabando, tanto así que me llegué hasta donde estaba el muerto. Ahí perdí mi noción, me descontextualicé de la realidad. Comencé a capturar al fallecido y a sus amigos llorando, y en ese momento uno de los motorizados me preguntó, “¿qué estaba haciendo?”

La situación estaba dada. Uno de los amigos del criminal se me acercó, me empujó, tumbó mi libreta. Entre el miedo que tenía le dije que podía borrar lo que había grabado, pero sin importarle ninguna de las explicaciones que le di entre dientes, me quitó el Geminis, con ese vídeo tan estupendo mostrando un enfrentamiento entre motorizados y funcionarios de la PNB.

Mis compañeros me ayudaron a buscar al tipo que me lo arrebató, le dijeron a otro motorizado que era periodista y que haría justicia por la muerte de su amigo, como si fuese juez, pero fue imposible. El amigo del difunto se lo había tragado la tierra.

Yo seguí con mi trabajo. Tenía que conseguir los testimonios de los policías, de los familiares del supuesto malandro y porqué decían que unos PNB lo habían asesinado, todo con la idea de que me habían quitado algo que me había costado comprarlo, pues a diferencias de los otros robos, ese teléfono sí había salido de mi bolsillo.

***

El ambiente peligroso pasó, se calmó y luego los colegas comenzaron hablar de la pinta que se pondrían para la fiesta en el Hotel Maremares pues el gobernador, Aristóbulo Istúriz, había programado una celebración para los periodistas ese día. Pregúntense si fui.